sábado, 21 de febrero de 2015

La casa de la pradera.


El cuadro que se ve en el caballete, es un acrílico sobre lienzo de 22x100. Si tenéis buena vista, podréis observar una casita pequeña arriba, a la derecha.
Un día subiré la foto del cuadro solo, que ya sé que así no se ve nada bien.

Siendo yo muy pequeña ponían por la tele una serie que se titulaba "La casa de la pradera". En la presentación se veía correr a los miembros de la familia, saludables y bronceados, entre las altas y doradas hierbas de un campo interminable, con una libertad y una felicidad que yo envidié desde el primer momento.

A esas niñas nadie las avisaba de que se iban a caer y hacer mucho daño, no les advertían de que entre la hierba había bichos que picaban, no les decían que las señoritas no se levantan la falda, ni que no se podían manchar la ropa, no las miraban como si se estuviesen comportando mal todo el rato ni, por supuesto, les prohibían jugar en la calle. Creo que tenían una infancia sana y estupenda.


Mi casa de la pradera es distinta, no luce el sol, pero al menos no llueve. Tampoco apetece ir corriendo a toda pastilla por ahí, pero al menos no hay ningún peligro evidente que lo impida. No parece una casa familiar, cálida y confortable, de la que salga humo por la chimenea anunciando el pan recién cocido, no. Es más bien una casita en medio de ninguna parte, donde te puedes refugiar cuando necesitas aislarte de todo y hasta de tí mismo. Donde puedes entrar y salir sin ser visto, y donde puedes acuclillarte y llorar hasta que la nariz te quede como un pimiento morrón, tomando conciencia de que sigues siendo un niño, de que todo lo que te está sucediendo duele y te queda grande. Te das cuenta de tu desorientación, de tu debilidad, de tu incapacidad para entenderte. A pesar de lo que te han dicho no todo lo que te sucede es culpa tuya, ¿sabes?

Es en ese punto donde decides que tú también necesitas perdonarte, darte un abrazo y dedicarte unas palabras. Nada de grandilocuencias en plan -tú eres muy fuerte-, o mesianismos como -la vida te da lo que necesitas en cada momento-, no, nada de eso. Lo que necesitas es sentir TU VERDAD, esa que la educación, la conveniencia y la vida cotidiana va cubriendo con capas pegajosas,  como esos barnices duros y brillantes que acaban por ocultar las vetas de la hermosa madera que cubren.

¿Tú tienes tu casa de la pradera? No te preocupes, yo te presto la mía. Vete cuando quieras, quédate el tiempo que necesites, no hace falta llave para entrar y siempre hay un pequeño fuego en la chimenea para que no esté frío. Lo importante es que sepas quién eres, lo de saber qué quieres... eso ya es para nota.

3 comentarios:

  1. Que encuentres refugio en esa tu casa de la pradera, Lucía. Y gracias por ofrecérnosla a tus seguidores y lectores. Que encuentres en ella tu verdad y tu paz añorada.

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  2. Ojalá lo consiga, Miguel, ojalá sepa seguir adelante.

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