viernes, 7 de marzo de 2014

El bosque.

 El bosque en invierno, con la niebla como prendida de las hojas muertas, tiene esos tonos azulados, ese silencio húmedo que devuelve el rumor de los pasos que se hunden.
En esta época ya están las yemas de los árboles dispuestas a brotar, a ofrecer las nuevas hojas a la lenta subida de las temperaturas. Dentro de poco todo se transformará en una ensalada de ramas verdes, pero de momento seguimos viendo el propio aliento mientras caminamos, como si fuésemos fabricantes de nubes.
Óleo de 32x18.

6 comentarios:

  1. Felicidades por el cuadro, Lucía, trasmite una sensación panorámica y de gran profundidad.

    ResponderEliminar
  2. ¡Pues seguro que todavía hay, Ignacio!. Yo reconozco las de álamo y las de pino. Los rovellones son para mí la langosta de las setas, ¡me encantan!
    Con mis padres iba a veces a recoger setas al bosque cuando era pequeña. Me gustaba mucho, aunque a la vez me daba miedo que pudiera salir a mi paso algún animal. Cuando recuerdo cosas así me doy cuenta de que soy aprensiva desde mi más tierna infancia.

    ResponderEliminar
  3. Hermoso escenario en el que nos atrapas y nos tocas hasta hacernos sentir (en nuestro caso emocionalmente) como los árboles:
    dueños de una desnudez vestida por la niebla.
    Aunque hablo desde mi desconocimiento pictórico, me parece que has logrado plasmar muy bien la niebla.
    Da la sensación de que se siente su fresca humedad en un avance en suspensión entre latidos de vida.

    ResponderEliminar
  4. Gracias Armando. Ojalá también hubiera podido ,desde este cuadro, enviar ese olor a tierra húmeda que me resulta tan reconfortante. U¡Un abrazo!

    ResponderEliminar